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Las condiciones del plan de austeridad fiscal y de la fascistización en Chile

Por Andrés Figueroa Cornejo

“(La burguesí­a) En lo sucesivo, está condenada a mantener formas dictatoriales de gobierno y a imposibilitar la instauración de un régimen democrático que permita la libre competencia para retener o alcanzar el poder polí­tico…” Joan Garcés, uno de los principales asesores de Salvador Allende en la UP.

“…El gobierno alemán, incluida su ala socialdemócrata, ha dilapidado en una noche todo el capital polí­tico que una mejor Alemania habí­a acumulado en medio siglo. Y con ‘mejor’ quiero decir una Alemania caracterizada por una mayor sensibilidad polí­tica…” Jí¼rgen Habermas, luego de la restructuración de la deuda griega

Primero

El presente texto es complementario a un par de artí­culos que lo preceden: Apuntes de la crisis en Chile y El naufragio de la democracia secuestrada

Segundo

La crisis multidimensional del capitalismo está asociada, entre otras variables, al desenvolvimiento del imperialismo financiero y especulativo; a la tendencia a la baja de la tasa de ganancia del capital cada vez más concentrado y monopólico; a sus combates interimperialistas e intercapitalistas; a la deuda impagable; al incremento de la represión, del asesinato, de la vigilancia y del encarcelamiento precautorio o por sospecha; al saqueo de la biodiversidad; al derretimiento de los cascos polares; a la deslocalización de sus inversiones hacia paraí­sos fiscales y paraí­sos de trabajo barato y materias primas a precio de feria; a la naturalización social de la ausencia de libertad y de igualdad; a la promoción del racismo como ideologí­a necesaria para justificar la súper explotación del trabajo humano; a la pérdida y vaciamiento de sentido de personas y comunidades; a la ampliación desesperada tanto del fetichismo del capital financiero en cualquiera de sus formas, como de las mercancí­as y servicios de obsolescencia programada que gatillan deuda automática y alienación. A la estandarización planetaria de la banalidad y del consumo propalado por la estrategia de la saturación por los medios de comunicación de masas; al ocaso de las democracias burguesas-liberales, de los Estados de Bienestar, de los “pactos sociales” y de los modos de la socialdemocracia y el progresismo; a la inexistencia todaví­a de un proyecto revolucionario y popular que ofrezca unidad polí­tica y horizonte de sentido a los pueblos, condición sin la cual resulta imposible dar combate eficiente polí­tica, épica, ética y estéticamente, modificar el sentido común impuesto por los pocos que mandan y pasar a la ofensiva. Y toda lucha defensiva, en términos estratégicos, no puede superar las condiciones impuestas por la ofensiva de la dictadura del capital.

La numeración anterior funciona como totalidad dinámica y se funda sobre la fuerza y los intereses de la clase social minoritaria que oprime a la mayorí­a humana. Asimismo, como históricamente ocurre, la industria armamentista produce las doctrinas y tecnologí­as de punta para matar, avasallar y construir, distraer (Internet), controlar y organizar contradictoriamente el sistema-mundo capitalista.

Nunca antes estuvo más claro que no existe una diferencia o siquiera una contradicción relevante entre los Estados capitalistas y el movimiento real del capital, entre Estado y mercado, entre el Estado capitalista y el gran capital privado. Esto quiere decir, por ejemplo, que sólo en el momento del análisis existe la deuda pública y la deuda privada.

El imperialismo financiero se expande mundialmente, pero tiene sus puestos de mando en el imperialismo norteamericano, el alemán, el francés, el chino, el inglés, el japonés. Los imperialismos se revelan y distinguen por la condición de sobrevida de los dominados/as y su hegemoní­a bursátil.

El cuerpo mancillado de una mujer empobrecida, africana, asiática, originaria, latinoamericana, del sur de Europa, de los costados miserables de EE.UU., de las maquilas chinas e hindúes, de los pueblos de Palestina, el Sahara Occidental, Kurdistán, etc., son la representación intolerable y clara de la ocupación corporal del crimen imperialista y colonial, de la cuchillada repetida asestada por el patriarca.

La naturaleza también es una mujer violada una y otra vez. Los pobres de la Tierra somos una mujer violada por la razón desarrollista de la ganancia infinita e imposible. Grecia es una mujer violada. ífrica, Medio Oriente, América Latina, Indochina y etcétera, son mujeres despedazadas. Los niños/as, los jóvenes, el pueblo trabajador, los migrantes, los bosques degollados, el agua sacrificada al extractivismo, la biósfera rota, son una mujer descuartizada en la plaza pública del mundo.

Tercero

En plena trayectoria del capitalismo especulativo mundializado, existen Estados capitalistas centrales y sociedades periféricas. O imperialismos que se sirven de sus Estados y de las economí­as dependientes cuyos Estados permanecen subordinados al imperialismo que les tocó por maldición.

La dependencia de Chile es básicamente bipolar y desigual: Primero Estados Unidos y luego China. Para el caso, no importa gran cosa que, de ambas dependencias, una parezca más polí­tica que comercial y la otra más comercial que polí­tica. Los grandes capitales entre Estados Unidos y China (integración conflictiva) mantienen flujos financieros, comerciales y productivos intervinculados, como si fueran parientes que se enseñan los dientes atómicos por la mañana y comparten la habitación por la noche. No duermen tranquilos. Pero hoy por hoy, nadie duerme tranquilo.

Cuarto

Bachelet, como el conjunto del sistema polí­tico dominante, necesita que la corrupción en vitrina sea subsumida rápidamente por la peste del olvido entre la gente. Lamentablemente para el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, y tal como lo indicó el secretario ejecutivo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), íngel Gurrí­a, respecto de la corrupción polí­tica, los chilenos tienen “un umbral de tolerancia bastante bajo”.

Sin embargo, la presidenta chilena requiere “un segundo tiempo” ordenado, donde las encuestas aprueben su administración, al menos por un 30%. Ese es el trabajo que le encomendó el Pentágono: Colaborar con la gobernabilidad para beneficio del gran capital y que el chorreo, que ya no existe salvo en la forma de un endeudamiento cada vez más acotado, cubra de algún modo las demandas sociales más visibles, como la educación, la salud, el trabajo, la vivienda, la seguridad social, el ambientalismo, la resistencia mapuche. Que cubra de algún modo dichas demandas del movimiento popular descoyuntado significa intentar apagar un incendio amazónico con un extintor doméstico.

Pues bien, la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), institucionalidad que representa los intereses del capital transnacional y combinado en Chile, comporta una de las direcciones sustantivas para entender el comportamiento del Ejecutivo y del Legislativo. La CPC no se trata de una organización realmente distinta que el Estado y que el propio gobierno de turno. El Estado de Chile es de contenido burgués y capitalista. Por eso festeja al ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, y al del Interior, Jorge Burgos; porque son sujetos que calzan geométricamente con sus intereses. Entonces la CPC pone las condiciones al Ejecutivo, incluso cuando se trata de su propio Ejecutivo.

Para ello cuenta con los plenos poderes de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y las policí­as, y la cúpula ultra conservadora de la Iglesia Católica chilena. El paí­s, como parte de un sistema integral de dominación, condensa la totalidad opresora del globo a escala local. Bajo similar gramática, la lucha de clases se expresa en todas las instituciones que soportan y reproducen la arquitectura capitalista. Que la lucha de clases se exprese en todas las instituciones sistémicas no quiere decir que de ellas mismas saldrán las pistas de una sociedad superadora del capitalismo.

¿Cómo podrí­an resolverse conflictivamente los intereses antagónicos entre opresores y oprimidos a favor de la mayorí­a humana al interior más poderoso de los eslabones del capitalismo? Concentrar las fuerzas sociales (que aún se mantienen en una situación de resistencia) dentro de las instituciones capitalistas es como creer que los pilares del capital contienen una cláusula secreta de auto-desintegración. Al respecto, sólo basta evocar la tragedia del 11 de septiembre de 1973, y detenerse en un texto del principal asesor de Salvador Allende, el español Joan Garcés, escrito en 1976: “(La burguesí­a) En lo sucesivo, está condenada a mantener formas dictatoriales de gobierno y a imposibilitar la instauración de un régimen democrático que permita la libre competencia para retener o alcanzar el poder polí­tico…”

Lo demás es puro posibilismo polí­tico; mistificación de una democracia burguesa que ni siquiera existe en la presente fase del capitalismo y menos aún en los paí­ses periféricos como Chile; la subestimación de la conducta y de los aprendizajes acumulados por el propio capital; la franca capitulación y renuncia a la creación de fuerzas y del proyecto polí­tico para que los todos/as sean el poder repartido y socializado mañana.

Quinto

Ahora mismo, el Estado capitalista y dependiente chileno, en un solo momento con las fracciones dominantes del gran capital, “socializan” las formas de la llamada “seguridad ciudadana”. La fascistización de la sociedad chilena y especialmente direccionada hacia sus sectores medios y medio empobrecidos, pareciera no bastar con el poderí­o de las FFAA y las policí­as y su despliegue para prevenir eventuales estallidos sociales. Un régimen cuartelario como el de Chile, para asegurar la maximización de la renta capitalista, necesita que la propia sociedad civil se autovigile con el argumento muy bien publicitado por los medios masivos de comunicación y los relatos por arriba, de “protegerse de la delincuencia”. El terror y el miedo devenido de “la percepción” construida mediáticamente, ha facultado al gobierno y a los municipios para la implementación y “democratización” de múltiples dispositivos de seguridad que antes sólo empleaban los bancos y el retailer.

Si durante la Unidad Popular, las Juntas de Abastecimiento Popular (JAP) y de distribución directa para hacer frente al mercado negro y al acaparamiento de mercancí­as como parte de la polí­tica imperialista para acelerar la caí­da de Salvador Allende; y en el ciclo de protestas contra la tiraní­a en los 80’ del siglo XX se autogestionaron modos de organización popular, como el “Comprando Juntos”, para sortear colectivamente y desde abajo el hambre; hoy la colaboración mutua se intenta desplazar exclusivamente al campo de la seguridad. Leal reflejo del propio desplazamiento presupuestario del Estado desde sus reparticiones destacadas a los derechos sociales hacia el campo de la seguridad interior en los ámbitos del fortalecimiento de las policí­as, la justicia, el subsidio y privatización carcelaria, Defensa, Interior, etc. El objetivo subyacente no es un misterio: El mandato es que el orden debe homologar la delincuencia con la insubordinación y desobediencia civil. La delincuencia, fenómeno propio de las relaciones sociales capitalistas, tiene necesariamente que igualarse al castigo contra la acción polí­tica organizada que enfrenta al capital. En consecuencia, la fascistización de la sociedad chilena, o el proyecto de éxito relativo de la ultraderecha sintetizado en la “UDI Popular”, es apalancado por el gobierno de la Nueva Mayorí­a, con la correlativa creación de demanda para el negocio de la seguridad y los guardias privados, donde sus dueños y miembros son normalmente uniformados en retiro.

El gasto fiscal en Defensa (FFAA), como en la seguridad interior del Estado, contienen el mismo sentido. Como Chile es plataforma financiera y comercial para un segmento de América Latina, el fin es proteger las inversiones del capital en los paí­ses vecinos hacia afuera, y a la vecindad barrial hacia adentro. De ahí­, por ejemplo, el fetiche del mall como espacio privilegiado del intercambio y consumo real o virtual de los bienes y servicios

Sexto

En la actualidad, la población de Chile sufre un ajuste estructural antipopular. O como se nombra ahora, “plan de austeridad fiscal”. Si ya las reformas comprometidas por la campaña de la Nueva Mayorí­a no tocaban ninguna cuerda significativa del vanguardismo capitalista chileno, hoy Bachelet y su gabinete han señalado una y otra vez, que las reformas (descafeinadas por minuto) simplemente no se realizarán. No habrá educación gratuita ni de excelencia, no habrá modificaciones a favor del trabajo, no habrá proceso constituyente, no habrá impuestos relevantes para el empresariado. Los ahorros fiscales (calculados en alrededor de USD50 mil millones y colocados en el sistema financiero mundial) sólo se emplearán como reserva estratégica para el gran capital.

Está en curso y se intensificará la agenda y el programa de la comandancia en jefe del capital. Y como es tradición mundial y nacional, el ajuste estructural cae sobre el pueblo trabajador y la sociedad en su conjunto. La crisis de los amos se realiza en la socialización de sus efectos entre los esclavos.

El derrumbe de los precios de las materias primas y commodities, superiores garantí­as para la inversión, trabajo más precario todaví­a, aumento de la cesantí­a (va en 6.6% según las cuestionadas mediciones del Instituto Nacional de Estadí­sticas (INE), y se incrementará de acuerdo a la propia entidad), del empleo-basura y de la flexibilidad laboral; detener la inflación que se acerca a un 4% anual, el impacto que tendrá en las exportaciones la depreciación de la moneda chilena con la inminente alza de las tasas de interés del Banco Central norteamericano (FED), etc., son parte, tanto de la realidad, como del relato en ejecución de los mandarines.

Sobre la cesantí­a, el retailer, uno de los sectores más dinámicos de la economí­a, ha arrojado a la calle a alrededor de 7.000 asalariados/as en un año, según la Asociación de Trabajadores del Comercio. Cifras mayores anota la minerí­a grande, mediana y pequeña, el extractivismo en general, la metal-mecánica y la siderúrgica locales. El aumento del trabajo a cuenta propia se expresa mediante la amplificación de la venta de cualquier cosa en la ví­a pública y las ferias populares. Los servicios financieros, telefónicos y el subcontratismo encogen tanto sus planillas laborales, como los sueldos, mientras la polifuncionalidad y el pago a través de boletas de honorarios hacen nata.

La mayorí­a de los hogares ha comenzado a dejar de endeudarse con los bancos comerciales (0.2 puntos porcentuales el trimestre abril-junio respecto del trimestre anterior). La gente privilegia la compra de bienes de primera necesidad que de artí­culos suntuarios. Los que antes podí­an salir a comer fuera de casa, ahora empiezan a hacerlo dentro. La comida chatarra y los fideos con salsa amplí­an su consumo. Y en el centro de Santiago, no hay bote de basura que no sea meticulosamente registrado por los que no tienen nada.

El poder le llama desaceleración económica a la baja de todos los í­ndices de mejoramiento macroeconómico. De todos modos, cuando se suceden ciclos donde ascienden esos í­ndices, ello sólo redunda en un mayor endeudamiento de los trabajadores/as.

El plan de austeridad fiscal para el pueblo griego tuvo su origen en la deuda creada por Alemania y Francia. El Estado chileno cancela religiosamente la deuda externa. Las formas que adopta el plan de austeridad en Chile tienen que ver con el empobrecimiento sistemático de los derechos sociales, las inequidades en todos los campos, la no ejecución siquiera de las reformas-bonsái prometidas por la administración Bachelet; la reestructuración presupuestaria y el encarecimiento del costo de la vida.

En la madrugada del pasado 24 de julio, uno de los obreros de la Confederación de Trabajadores del Cobre (subcontratismo del sector), Nelson Quichillao López, en medio de la huelga que llevan adelante, fue asesinado a balazos por las Fuerzas Especiales de Carabineros.

También la represión criminal del Estado se hace parte de las formas que adquiere el plan de austeridad fiscal en Chile.

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