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“Niños ví­ctimas de nuevos Herodes”, Urbi et Orbi

Por Fausto Gasparroni

CIUDAD DEL VATICANO, (ANSA)- El Papa Francisco recordó este jueves en su mensaje Urbi et Orbi (para Roma y para el mundo) a “todos los niños hoy muertos y maltratados, sea antes de ver la luz, privados del amor generoso de sus padres y sepultados en el egoí­smo de una cultura que no ama la vida, sea aquellos niños desplazados con motivo de las guerras y persecuciones, abusados y explotados bajo nuestros ojos y nuestro silencio cómplice”.

También a los niños “masacrados bajo los bombardeos allí­ donde nació el hijo de Dios”, dijo Francisco, subrayando que “aún hoy su silencio impotente grita bajo la espada de tantos Herodes, sobre su sangre sobrevuela hoy la sombra de los actuales Herodes”.

El discurso del Papa, desde San Pedro y frente a unas 80.000 personas, fue una intensa invocación de paz por los conflictos en curso en el mundo.

Rezó por “nuestros hermanos y hermanas de Irak y de Siria, que desde hace demasiado tiempo sufren los efectos del conflicto en curso y, junto con los miembros de otros grupos étnicos y religiosos, sufren una brutal persecución”.

Que la Navidad “les lleve esperanza -deseó- como a los numerosos desplazados y refugiados, niños, adultos y ancianos, de la región y del mundo entero”.

Deseó también que la Navidad “cambie la indiferencia por cercaní­a y el rechazo por acogida, para que quienes ahora sufren puedan recibir las ayudas humanitarias necesarias para sobrevivir a la rigidez del invierno, regresar a sus paí­ses y vivir con dignidad”.

Jorge Bergoglio también pidió paz para “todo Medio Oriente”, a partir de Tierra Santa, “apoyando los esfuerzos de aquellos que se empeñan efectivamente por el diálogo entre israelí­es y palestinos”.

Rezó asimismo por “cuantos sufren en Ucrania”, augurando “a esa amada tierra que supere las tensiones, venza al odio y la violencia y emprenda un nuevo camino de fraternidad y reconciliación”.

El auspicio de paz alcanzó a Nigeria, donde “otra sangre es derramada y demasiadas personas son injustamente sustraí­das a sus propios afectos y mantenidas como rehenes y masacradas”.

Francisco se refirió a otros paí­ses en conflicto en Africa, como Libia, Sur Sudán, República Centroafricana y varias regiones de la República Democrática del Congo: “Pido a los que tienen responsabilidades polí­ticas que se empeñen a través del diálogo en superar los contrastes y construir una convivencia fraterna duradera”.

El Papa pidió salvación para los “demasiados niños ví­ctimas de violencia, objeto de comercio y de la trata de personas, o bien obligados a convertirse en soldados”.

No dejó de invocar “consuelo para las familias de los niños muertos en Pakistán la semana pasada”. Su pensamiento fue luego para “los que sufren por las enfermedades, en particular las ví­ctimas de la epidemia de Ebola, sobre todo en Liberia, en Sierra Leona y en Guinea”.
Francisco agradeció “de corazón a los que están actuando con valentí­a para asistir a los enfermos y sus familiares”, renovando la invitación a “garantizar la asistencia y las terapias necesarias”.

Pensando finalmente en los que sufren “guerras, persecuciones, esclavitud”, rezó para que “con su mansedumbre el poder divino quite la dureza de los corazones de tantos hombres y mujeres inmersos en la mundanidad y en la indiferencia, la globalización de la indiferencia”.

En la misa navideña, Francisco habló anoche de la necesidad de “ternura”, en un mundo aún signado por la “violencia, las guerras, el odio y las vejaciones”.

Ese es, según el Papa, el mensaje de Navidad: “La ternura de Dios” hacia el hombre, encarnada en “un niño envuelto en pañales, colocado con cuidado en un pesebre”, cuya venida es “la luz que vence a la oscuridad”.

En la liturgia de Nochebuena, el pontí­fice explicó que el anuncio de la noche de Navidad “nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y la corrupción”, cuyos orí­genes vienen “del oscuro momento en el que fue cometido el primer crimen de la humanidad”, el de Caí­n contra su hermano Abel.

Pero, en aquél niño que nace en Belén existe el signo de la “humildad de Dios llevada al extremo”, existe el amor en el que aquella noche “asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros deseos y nuestros lí­mites”.

Un Dios, en suma, dijo Francisco, “que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, enamorado de nuestra pequeñez”. “Cuánta necesidad de ternura tiene hoy el mundo”, exclamó el Papa, para quien “la vida tiene que ser afrontada con bondad, con mansedumbre”. GR-MI/ACZ

Fuente: ANSA.IT

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