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SOPNIA llama a trabajar de manera urgente los problemas de violencia en los colegios

La pandemia no solo produjo un rezago en los aprendizajes de los estudiantes, sino que, además, influyó en su estado emocional. Esto ha producido un aumento en la frecuencia de hechos violentos al interior de los colegios y también la necesidad de instalar programas específicos para trabajar por la convivencia en las comunidades educativas.

Hace unas semanas el Ministerio de Educación anunció la inversión de $11.000.000.000 para hacer frente a los estragos que ha producido la pandemia en la salud mental de niñas, niños y adolescentes, lo que se ha visto reflejado en un aumento en la frecuencia en la violencia entre estudiantes y al interior de las comunidades educativas. Algo que en la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia (SOPNIA) destacan como algo positivo, pero que requiere, además, intervenciones directas en los estudiantes que ejercen la violencia y en quienes la reciben.

Para el psiquiatra infantojuvenil y director de SOPNIA, Pablo Espoz, “el prolongado cierre de escuelas no solo produjo un rezago en los aprendizajes formales de matemática, lenguaje o artes, sino que también en todos los otros aprendizajes que proporcionan los establecimientos educacionales como son la convivencia, aprender a trabajar con personas diferentes, el manejo de las emociones, entre otros. Esto se suma a los problemas que debieron enfrentar las familias en estos años: Económicos, de estrés por estar encerrados todos juntos, y miles de familias, además, enfrentaron la pérdida de un ser querido y no han hecho un debido trabajo de duelo. Todo esto es un coctel perfecto para lo que estamos viendo hoy”.

Es por esto, dice el especialista, que no es raro lo que hoy ocurre en los colegios y que se deben adoptar de manera urgente medidas que ayuden a prevenir hechos de violencia y, por otra parte, que permitan trabajar y reparar cuando el hecho violento ya se produjo.

“Entendemos que hoy el Ministerio puso una gran cantidad de recursos para trabajar en la salud mental al interior de las comunidades educativas, pero esto es insuficiente. No vamos a superar esta crisis solo con programas temporales, sino que debemos impulsar un trabajo intersectorial que incluya abarcar las necesidades de acceso a atención psiquiátricas; un trabajo con las escuelas, con los padres y con los profesores. Necesitamos detectar a quienes requieren atención y, a la vez, trabajar en prevención y detección temprana”, dice el director de SOPNIA.

En este sentido, Espoz explica que “el primer trabajo que deberían realizar las escuelas en cuanto a la prevención es acercarse con sus distintos programas de convivencia escolar a los estudiantes. Con esto, van a poder identificar a aquellos niñas, niños o adolescentes que requieren atención de salud mental porque pueden estar presentando cuadros de ansiedad, depresión, entre otros, y que necesitan ser derivados a un centro de salud para recibir un tratamiento adecuado”.

El especialista indica que un segundo paso de este acercamiento debiera ser para prevenir los hechos de violencia y trabajar la convivencia: “Hoy existen diversos programas, que los colegios pueden implementar, que apuntan a la prevención de la violencia y eso no es solo decir cuáles son las normas de convivencia, sino trabajar para la detección precoz de quiénes pueden ser potenciales agresores, potenciales víctimas y quiénes serán observadores. Con todos ellos hay que trabajar para prevenir”.

Trabajo específico por tipo de estudiantes

En Chile, según algunos estudios, 1 de cada 4 estudiantes ha sufrido bullying, una cifra que podría elevarse a más de 6 de cada 10, según estudios internacionales.

El especialista indica que “el bullying es un evento altamente frecuente en la población escolar que involucra a la comunidad escolar en su totalidad. Es por esto que las intervenciones deben ser en diferentes estratos e implementadas en y por la comunidad escolar”. En este sentido, conocer a los estudiantes se vuelve fundamental. “Las causas del bullying son multifactoriales y es por esto que el trabajo debe ser acorde a cada estudiante”, dice Espoz.

Agrega que hacer un perfil de los estudiantes es vital para saber dónde y cómo intervenir, pues los estudiantes que agreden a otros son, por lo general, niños, niñas o adolescentes que son descritos como más fuertes físicamente, impulsivos, tienen poca tolerancia a la frustración, son oposicionistas y buscan la recepción del público o la validación de otros. “Con ellos hay que trabajar estos aspectos, enseñarles a ser amables, a manejar la frustración, sus impulsos y sus necesidades de validación, encaminándolos hacia refuerzos que sean positivos”, explica el director de SOPNIA.

El perfil de las víctimas de acoso escolar, por lo general, son estudiantes que son inseguros, sensibles, y muchas veces poco asertivos. Por otra parte, pueden ser niños o niñas que están más aislados del grupo y pueden tener un perfil más ansioso, inseguro o provocativo en una modalidad agresor-víctima. Estos estudiantes son vistos como diferentes por el grupo y eso los vuelve un objetivo del bullying. “Con estos estudiantes se debe trabajar su seguridad, pero también en cómo logramos hacerlos parte del grupo. No se trata de no respetar aquellas cualidades que lo hacen diferente y volverlo un estudiante estándar, sino trabajar aquellos aspectos que podrían ser protectores y evitar volverse el objetivo de los agresores”, explica el psiquiatra infantojuvenil.

Y finalmente, es vital trabajar con los denominados “espectadores”, que son aquellos estudiantes que observan sin intervenir, pero que frecuentemente se suman a las agresiones y amplifican el proceso. “Esto se explica por el fenómeno del contagio social que fomenta la participación en los actos de intimidación, o también por el miedo a sufrir las mismas consecuencias si se ofrece apoyo a la víctima. Algunas estadísticas dicen que cerca del 30% intenta ayudar a la víctima y un 70% se queda inactivo”, detalla Espoz.

Agrega que “este trabajo debe ser con toda la comunidad escolar. Con los estudiantes, profesores, paradocentes, padres y apoderados. Todos deben conocer y aplicar los protocolos establecidos, pero también deben ser parte de los programas de prevención. No podemos repetir la violencia entre los estudiantes, pero tampoco situaciones como apoderados buscando defender a sus hijos con palos, o profesores que deciden no tomar acción. La violencia es un problema social, pero que se vive en las escuelas y hoy ese debiera ser un espacio protegido”.

Por Bernardita Castillo
Comunicaciones
Sociedad de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y Adolescencia de Chile, SOPNIA

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